El esplendor de los Fonseca

Dibujo de Vernon Howe Bailey. Palacio de Liria (Madrid)

Una de las leyendas más arraigadas entre los que han habitado y habitan la población de Coca es la que vamos a referir a continuación. Se trata de un hecho real muy curioso que a lo largo de los años se convirtió en leyenda de esta fortaleza. Cuentan los caucenses más ancianos (y algún que otro historiador poco informado) que era tanto el esplendor que había en el castillo y que su dueño el arzobispo de Sevilla y señor de Coca, don Alonso de Fonseca, era tan rico y le gustaba tanto complacer a sus invitados (sobre todo si estos eran de alto rango) que en una fiesta, con cena, celebrada en su fortaleza en honor de los reyes, de sus damas y de varios magnates, el prelado al final de la misma, en vez de frutas y dulces, presentó dos bandejas de plata llenas de sortijas de oro y piedras preciosas para que la reina y las damas escogieran a su gusto. Que bonita leyenda para que fuera verdad; pues fue cierta y todo ocurrió tal y como se cuenta en la tradición, pero con un pequeño detalle: que el hecho, para nuestra decepción, no ocurrió en el castillo-palacio de Coca, sino en Madrid, con los mismos personajes pero hacia el año 1455, cuando el castillo aún no estaba levantado. Todo fue, según un cronista de la época, de la siguiente manera: 

El Rey con toda su Corte se fue a la villa de Madrid, donde vido concurrían siempre muchas gentes de todas partes, así de mayores estados, como de menor condición, tanto por ver la grandeza de su potencia, quanto por negociar lo que habían menester. E como las cosas de sus estados subcedían prósperamente, la mayor parte del tiempo se distribuía en justas, convites, galas, juegos de cañas y correr de toros, de tal guisa que a los cortesanos esto les era su mayor deporte. Entonces el Arzobispo de Sevilla, don Alonso de Fonseca, una noche hizo sala al Rey e a la Reyna128 con todas sus damas; e después que muy espléndidamente uvieron cenado, en lugar de la colación mandó sacar dos platos con muchos anillos de oro, en cada uno diversas piedras preciosas engastadas, para que la Reyna e sus damas tomasen el anillo con la piedra que más les agradase*.

(*) ENRÍQUEZ DEL CASTILLO, Diego, Crónica de Rey don Enrique cuarto de este nombre. Edición de la BAE, t. LXX, Madrid, 1953, pág. 112.

Fuente: El castillo de Coca. La Historia, el Arte, la Leyenda

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