Las lluvias de otoño

Maribel Egido Carrasco


El día amanece gris y envuelto en una lluvia menuda, cubriendo el paisaje de unos velos traslúcidos que difuminan los contornos de los pinos. El aire nos trae el olor de la ribera, aroma húmedo y verde del río, y los árboles, que ya van presentado, a trozos, los ocres colores del otoño, alzan sus ramas hacia el cielo plomizo, y de vez en cuando en sus ramas altas, reciben la fugaz visita de un pájaro, que vuela pronto, huyendo de la lluvia que cae suave pero pertinazmente, lavando en el monte las matas de tomillo y levantando su olor estimulante a nuestro paso.
El sol aparece después, entre las nubes grises y calienta con alguna fuerza, pero ya sabemos que estas lluvias de mediados de Octubre nos anuncian el final de su cálido reinado, aunque todavía puede reservarnos su dorada caricia para estos tiempos de vendimia, cuando pone oro en el amarillo de los chopos del río y en el rojizo de los arbustos, y llega a nuestros lares la bella serenidad con que se envuelve la otoñada.
Bienvenida la lluvia que empapa nuestros campos, nutre nuestros pantanos, y da lugar a ese sabroso milagro de nuestros montes que nos resulta tan familiar y que conocemos como nícalo.

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