De primera mano

Maribel Egido Carrasco

Vivir muy cerca de la Naturaleza, como nosotros en Coca, nos permite disfrutar de espectáculos naturales que a los urbanitas les resulta más difícil. Por ejemplo podemos asistir paso a paso a la gloriosa explosión de vida que constituye la primavera, y vivir casi día a día los cambios de los arbustos en las riberas y los montes, que una mañana se te ofrecen con un aspecto, y a la siguiente, si las circunstancias son favorables, lluvia y sol por ejemplo, aparecen con sus brotes abiertos y restallantes, o también ver como poco a poco, en la maravillosa otoñada, cuando los pinceles de Octubre se complacen en decorar matiz a matiz los preciosos paisajes que nos rodean, las hojas de los árboles ribereños van tomando ese precioso color que parece recoger todo el dorado-rojizo del sol.


Viene esta consideración a cuento del último “espectáculo” que me fue dado contemplar “en directo”, gracias a la cercanía de la Naturaleza. Me refiero a la luna llena que disfrutamos en los primeros días de agosto, y que en una de esas noches yo quise ver emerger, no desde mi ventana como otros días, sino desde una zona despejada del monte para no perderme todo su esplendor.
Una vez que el maravilloso crepúsculo se perdió envuelto en rosas y malvas y las sombras le ganaron la partida, tras la línea de pinos surgió ella, magnífica, y brillante, con una redondez perfecta, y poco a poco subió hacia el cielo.


La oscuridad que nos rodeaba se fue haciendo lentamente claridad, y la luna empezó a bañar los árboles y la tierra con su luz un tanto irreal, fantasmal y extraña, mientras llegaban a nuestros oídos los misteriosos sonidos del monte que en la noche adquieren otra dimensión.
Volvimos a casa, pisando los caminos que iluminaba aquella mágica y misteriosa luz, después de asistir “de primera mano” al espectáculo espléndido (y gratuito), que nos había brindado la luna de agosto.

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