Las canicas

Pedro García Martín, Profesor de Lengua y Literatura

En el humilde museo arqueológico de la villa de Cauca -hoy un edificio de fasto y salas vacías que con perspectiva de cernícalo miran al Eresma- había, entre otros muchos objetos de valor histórico, una colección de bolas celtibéricas. Se trata de pequeñas bolas de barro con decoración incisa que recuerdan remotamente a las canicas de nuestra infancia. Lo curioso de estas hermosas reliquias es que la decoración no se repite; cada pieza es única. Los arqueólogos todavía no se han puesto de acuerdo sobre su utilidad o su significado. Y es que se suele dar una interpretación mágica o sagrada a lo que nos es desconocido, por si acaso. Sin embargo, por humana, la explicación es mucho más sencilla.

El autor escribió el artículo "Las canicas" para la revista del instituto de Babilafuente, en Salamanca, todavía añorando los años que vivió en Coca con su familia

De todos es bien sabido que fue el maestro alfarero Bolscan el último de su aldea que coció las bolitas con decoración incisa. Sucedió en el castro  que los vacceos habitaban en el lugar hoy conocido como Cuesta del Mercado, a unos dos kilómetros de la villa, hacia el norte. Ya conocéis la historia. Aquellos jóvenes habían llegado al alfar al caer la tarde. Turiasu era uno de los que mostraban más rencor. Sus padres, Bursau y Sekaisa, le habían relatado, desde que pudo comprender los signos de su lengua, la humillación sufrida a causa de la traición del cónsul romano Lúculo, que exterminó a toda la población de Cauca. Los ancianos del lugar habían salido fuera de las murallas portando coronas vegetales sobre sus cabezas y ramos de laurel para pedir clemencia y justicia. Los pobladores apenas pudieron defenderse a distancia, con lanzas, flechas o piedras. En aquella ocasión, los vacceos del castro no sufrieron los atropellos de los romanos, que sólo pretendían apoderarse de una posición estratégica amurallada en la cuenca del Duero.

Sin embargo, durante más de siglo y medio se sucedieron las campañas de exterminio, conocidas por los romanos como “operaciones de castigo”, por traición a Roma  al haber ayudado los vacceos a sus vecinos los vettones, los arévacos… Primero las que Pompeyo infligió a Cauca y su entorno por haber apoyado a Sartorio contra Roma; después, las de Metelo Nepote; a continuación, las de Estatilio Tauro... Para qué seguir. Todos conocemos el hambre insaciable de los imperios.

En una de aquellas campañas, doloroso es recordarlo, Turiasu  perdió a sus padres y a Kelse, su hermana. A pesar de que eran valientes y buenos jinetes, de que las mujeres también participaban con ardor en la guerra, de que los escarpados del río y el foso los defendían, hubieron de sucumbir. Aquella mañana la meseta del castro se convirtió en una extensa pira. Al otro lado del río, en la zona más escarpada, dejaron los restos de los guerreros muertos en combate de forma más valiente y honrosa para que los devoraran los sagrados buitres. Uno de aquellos guerreros era Bursau, el padre de Turiasu.

Y por la tarde, entre el humo de las incineraciones, el intenso olor a carne quemada y la imagen completa de la desolación, Turiasu, su amigo Iltirte y los otros pocos jóvenes de la aldea se presentaron en el alfar de Bolscan. De lo tratado, todo son conjeturas. Sólo sabemos que Bolscan encendió por última vez el horno. Y que coció las últimas bolas con decoración incisa que no se repite. Tras estos hechos, los vacceos fueron abandonando el castro, sus hogares, su necrópolis, aunque no sus vivencias ni sus recuerdos ni su identidad.

Desde siempre, los juegos creativos tradicionales (la industria del juego es otra cosa) han estado asociados a la infancia. Abandonar la infancia no es un castigo, ni una especie de exterminio, ni una rendición. Tal vez sea la mala jugada del imperio del tiempo. Nuestra vida no es más que una estrategia para no perder del todo nuestra infancia. De alguna manera, los bolos, la calva, el escondite, las cintas, las chapas, la comba, las canicas nos reconcilian con el pasado. También escribir historias que nos entretienen, nos enseñan  y nos curan de tantas heridas de guerra. Como éstas, los signos grabados en la arcilla son nuestra identidad.

La meseta de la Cuesta del Mercado parece hoy sembrada de bolitas de arcilla, como muchos mensajes que no somos capaces de descifrar. Turiasu y sus amigos y los padres y antes los abuelos jugaron con sus canicas únicas en la meseta y en las laderas del Eresma para reconocerse en su identidad y en la de todo el pueblo vacceo. 


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